viernes, 14 de abril de 2017

LA ESPERANZA DE TRIANA

A finales de los años setenta, un hombre natural de Madrid y establecido allí quiso venir a conocer la Semana Santa de Sevilla, animado por su hijo de 15 años. A este hombre la vida parecía sonreírle, todo corría con viento a su favor; su situación económica, sus amigos, su familia, su posición social considerada y distinguida...
Este hijo suyo había visto fotografías de la Esperanza de Triana y todo su interés era verla en la Madrugada del Viernes Santo; le parecía una imagen extraordinariamente bella, algo fuera de lo común. El padre, un tanto escéptico, lo escuchaba y, sin querer quitarle la ilusión, accedió a ver, lo que para él era una virgen más, que no destacaba precisamente por su belleza.
Cuando en medio del clamor y del entusiasmo apareció la Esperanza, el hijo, acunado por los gritos que le decían ¡guapa! y los aplausos quedó maravillado y sonriente, feliz de contemplar aquello que consideraba un prodigio. Al padre, los piropos le parecían provenientes de partidismo y fanatismo de algunos, algo que no se correspondía con la realidad del rostro de la imagen. Pero lo que verdaderamente le llamó la atención fue lo siguiente: de los ojos profundos de la Esperanza, este hombre veía caer lágrimas de verdad. Restregándose los ojos, no quería creérselo. Pero la miraba una y otra vez, y por más que lo hacía, más lágrimas veía caer de aquellos ojos negros.
Sorprendido, volvió a su ciudad sin querer prestarle demasiada atención al tema, pensaba que sería el efecto de la cera, o de una sugestión mental...
El hijo había quedado prendado de la Esperanza.Tanto fue así que al año siguiente volvieron otra vez ante la insistencia de él, que no quería perderse a la Virgen trianera caminando por sus calles. El padre, para autoconvencerse que lo vivido el año anterior había sido una enajenación mental, acudió también con el hijo a contemplar el tránsito de la cofradía.
De nuevo la felicidad del hijo y la puesta en duda del padre de la supuesta belleza proclamada de la imagen. Claro que en medio del delirio de los trianeros y de la felicidad de su hijo, no dijo nada de esto, pero la sorpresa le hizo temblar las piernas cuando vió de nuevo brotar llanto de los ojos de la Virgen. Confuso le preguntó a su hijo: ¿No...no te parece que llora de verdad?
¿De verdad? le respondió el hijo-
Si, si, de verdad...¡Mira! ¡Le caen lágrimas!
Papá las lágrimas son de cristal, como todas las imágenes...
Su hijo no veía aquello. . . Algo sintió en su interior este hombre que le dejó el espíritu preocupado, no se podía explicar cómo le podía pasar eso a él, había visto las lágrimas de verdad y su hijo no las veía.
A los pocos meses de volver a Madrid,el hijo cayó enfermo, y lo que parecía una simple enfermedad era la tapadera de algo mucho más grave; el cáncer había minado el cuerpo del joven que, en tres meses, murió.
Todo fue derrota para este hombre; la vida le habia sonreido, pero ahora le daba la espalda, y se encontró con el vacío sin sentido de su dinero, de su situación y de su consideración social. Nada de eso le valía. Todos los días y las noches tenía un afán descabellado: buscar a su hijo, que consideraba tan solo perdido, como si recuperarlo fuera un hecho factible.
Aquella Semana Santa, quiso volver para ver a la Esperanza, la Virgen que tanto gustaba a aquel que se había ido. Cuando apareció el paso de palio, rompió a llorar acordándose de la felicidad de su hijo al vivir esos momentos los dos años anteriores. Temeroso de encontrarse con algo que no comprendía, miró el rostro de la Virgen.
Era la misma, pero...¡no lloraba...,le sonreía!. Le pareció entonces la imagen más bella del mundo...¡Si, era guapísima, más todavía!. Pensó que cómo no se dio cuenta antes, y en ese momento. . . la búsqueda de su hijo perdido la resolvió la Esperanza, pues, en su interior, sintió como le decía estas palabras: ¡Está conmigo!, ¡está conmigo!
Comprendió entonces que su hijo viviría eternamente identificado con aquella Virgen, y que era el amor, la fe y la devoción de su hijo y de todos los trianeros lo que esculpía la belleza del rostro moreno de la Esperanza de Triana.

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